La isla de Psiche: Capítulo I: Náufrago

Mi nombre es Francis Emerson. Estoy a punto de narrarles ciertos acontecimientos de mi vida. Pero no se inquieten, no les aburriré con interminables datos biográficos y anécdotas banales, pues mi vida comenzó hace apenas un par de años. Seguramente se sorprenderán al leer esto, pero permítanme aclarar este punto. Si bien es cierto que mi edad ronda los treinta y cinco años, al menos esa edad demuestro. Mis recuerdos no se remontan más que al mes de marzo del año pasado.

Arribé a la playa traído por la mar embravecida. Era un hombre prematuramente envejecido por ira de Neptuno. Tenía los cabellos largos y enmarañados.  También lo estaba mi abundante barba. Olía a salitre y mar.

La isla de Psiche: Capítulo II: La habitación hermética

Llevaba casi un mes viviendo con los Clarke cuando caí en la cuenta de aquella puerta. No tenía nada de especial, era como todas las demás. Había pasado delante de ella infinidad de veces, pero jamás había llamado mi atención. No sabría decir que me impulsó a fijarme en ella. Me detuve frente a la puerta, embaucado por su opacidad. Tras un par de minutos de ensimismamiento, comprendí porque la miraba. Nunca había sido abierta en mi presencia, a diferencia del resto. No se hablaba de ella, ni se hacía referencia en modo alguno. En cierto modo, era como si no existiera, como si yo fuese la única persona que pudiese verla.

La isla de Psiche: Capítulo III: Victoria

Tras varias horas de marcha me sentí hambriento en extremo. Ya había amanecido y se me ocurrió intentar cazar. No era un experto cazador, pero durante el tiempo vivido en la cabaña, había hecho grandes progresos. Con una cuerda que llevaba conmigo conseguí fabricar tres trampas de lazo. Las escondí en lugares que parecían transitados por animales con  cierta asiduidad. Las cubrí con hojas secas, hasta que no pudieron distinguirse del resto del terreno, y me senté a esperar. Después de una larga noche de marcha sin descanso, el cansancio se apoderó de mi cuerpo. En pocos minutos quedé dormido y volví a soñar con la insondable puerta.

Esta vez los sueños fueron más extraños. Me veía a mi mismo abriéndola. Introduciendo con sigilo mi cabeza dentro de la habitación. Esperando encontrar algo espantoso en el interior. Pero en mi sueño todo era oscuridad.

La isla de Psiche: Capítulo IV: Tacet larvis

Aquella noche dormí en el bosque. Temía que Morgan hubiera advertido a algún conocido sobre su visita a mi cabaña. Preparé una bolsa con víveres, agua y ropa de abrigo y me adentré en el bosque. Durante varios días estuve alerta, pasaba el tiempo vigilando el camino que traía hasta la casa. Mi estancia en el bosque fue de lo más desagradable. El frío y la humedad me calaban hasta los huesos. La comida se descubrió insuficiente tras un par de días de acampada. Tuve que racionarla y complementarla con algo de caza menor y raíces que pude encontrar. Créanme si les digo, que por nada del mundo volvería a repetir aquella dieta.

Pasados varios días, llegué a la conclusión de que nadie había salido en mi búsqueda. Jason debió dirigirse aquí fruto de su ira, sin meditar en absoluto las consecuencias de sus actos. Cuando este razonamiento se asentó definitivamente en mi inteligencia, decidí que lo más conveniente sería continuar con mis actividades cotidianas, y regresar al pueblo al final del verano, tal y como estaba previsto.

El oráculo de Astraghmaat

12/12/2014

La pasarela unía la cima de la gran montaña de Astraghmaat con el oráculo. No alcanzaba los  dos metros de anchura, aunque su tirada era difícil de calcular. No debía de ser inferior a un kilómetro, de eso estaba convencido. 

Comencé a andar intentando no mirar hacia abajo. El fuerte viento, que circulaba a aquella altura, me obligaba a avanzar con las piernas flexionadas, para así bajar mi centro de gravedad. Me golpeaba con tal fuerza los oídos, que no era capaz de escuchar nada, excepto el latido de mi propio corazón. 

Aquellos minutos parecieron durar horas. El cuerpo me dolía por el esfuerzo, y la cabeza debido al viento y a la pobre concentración de oxígeno en el aire. Por un momento pensé que no lo conseguiría. Y debiera haber sido así. Pero era el depositario de las esperanzas de mi pueblo y no podía fallarles.

La brisa

08/12/2014

Simiente del miedo de los hombres, que visitas mis sueños. Presencia perturbadora que irrumpe en mi descanso. ¿Acaso mi desvelo no es suficientemente desdichado? ¿Por qué motivo me atormentas sembrando en mi la destrucción? 

Mi inteligencia ya no es capaz de distinguir entre realidad y sueño. Aunque quizá no exista diferencia alguna después de todo. Tal vez, sea la locura tan solo un puente que conecte ambos mundos. Pero si tengo la certeza  de que hay un puente tendido para mí. Un paso franco entre las pesadillas y un destino aciago. Mi voluntad ya no desea elegir entre uno u otro mundo, pues ambos, son igualmente aterradores. Terminaran tanto uno como el otro marchitando mi alma, hasta el límite de la locura, si mi cuerpo no sucumbe con anterioridad a tu inquietante presencia.

Nada sé de su procedencia ni de su pasado. Nada sé de sus motivos ni de sus intenciones. Solo sé que desde hace un  tiempo me visita. No creáis que es plausible su presencia. Es, sin embargo, como una brisa imperceptible que golpea mi espíritu. Que se posa sobre mi hombro como un ave silenciosa, buscando apresurar mi muerte y acrecentar mi congoja.

Nunca habló conmigo, aunque muchas veces busqué sus respuestas. Traté de ser amable y atento, me mostré respetuoso, incluso suplicante. Mas no obtuve respuesta de la dulce brisa, ni del viento enfurecido. Más tarde le grité airado, ya nada me importaba, ni mis riquezas, ni mi destino. Grité hasta quedarme sin voz. Blasfemé, pero su cruel naturaleza le hizo guardar silencio. Solo su presencia pude sentir, y todavía puedo.

Me abatirá con lentitud. Sin que nadie se de cuenta, en soledad. Quedaré mirando a través de esta ventana. Observando un mundo de sombras, que se expande más allá de la noche. Quizá entonces sepa que parte de mi vida fue real. Quizá todo termine para siempre. Aunque no temo a ni una cosa ni la otra. No obstante, últimamente otro razonamiento trastorna el ocaso de mis días. Quizá me convierta en una brisa. En una brisa apacible y pesada.


La puerta de la tierra

04/12/2014

Llegó a la puerta de la tierra. Era pesada y mohosa. La empujó y fue abriéndose con lentitud. Dentro todo era oscuridad. Pronto se halló andando sin rumbo, tanteando con su bastón, como lo haría un ciego.

-¡Au! ¿Quién anda ahí? -dijo una voz cavernosa.

-Soy Marpple, discúlpeme, no le he visto. Esto está tan oscuro...

-¡Oscuro y en silencio! - dijo una tercera voz.

-Bueno, de silencio ya nada - añadió una cuarta.

-¡Por dios! ¿Qué es este escándalo? Uno ya no puede estar tranquilo ni en su propia casa. ¡Qué desfachatez! - se unió otra voz.

Marpple aturdido ante lo que estaba oyendo, decidió encender la antorcha que había reservado para una emergencia. Pudo ver una gran sala, que terminaba más allá de la luz de la antorcha. Por todas partes había literas, ocupadas por gnomos y enanos.

-¿Y ahora quién te dio permiso para encender la luz? ¿No ves que tenemos que dormir para poder visitar los sueños de las personas esta noche? - gritaron todos a coro.





Concurso Microfantasy - El círculo de escritores

De fuego y plata

30/11/2014

De fuego y plata fue concebido. De fuego su interior, que rezumaba a través de su boca en cada exhalación. De plata su figura, que abarataba el brillo de la luna durante el raso de la noche. Orgulloso, dominante, aterrador. Residente de las profundidades Oswolrf y azote del valle de Halrteim. Estos eran sus méritos y su desdicha. 

Solitario y odiado por los demás seres de Halrteim, se contentaba con las riquezas de un ser sin alma. El valor de sus tesoros no tenía igual. Amontonados en una gran cámara, en el abismo de Oswolrf, acumulaban mugre y codicia. El primario placer de su simple posesión había ya desaparecido. No, su placer era otro. Era más retorcido, sabía de su propia malicia.  Pero eso no importaba, ya nunca seria perdonado. 

Los trolls, los trasgos, los orcos, las hadas y los gnomos. ¡Todos debían sucumbir! Sus penurias, sus miserias, y sus aflicciones, eran la razón de que él siguiera todavía con vida. Solo eso deseaba en el mundo, vivir lo suficiente para que todos se sintieran tan desdichados como él. 

Y su nombre fue Habbú. Y de todos, fue el último dragón. Y su soledad solo se extinguió con su muerte.


La caja Feldman

28/11/2014

El señor Éndoxos Johnson era un reputado abogado de la pequeña ciudad de Magnolia. Demasiado inquieto y ambicioso, pensaba mudarse a una ciudad mayor en el transcurrir de pocos años.

Un hombre vestido con un traje impecable, aunque anticuado, abrió la puerta de su despacho. Era espigado y de entre el resto de su cuerpo, destacaba una gran nariz aguileña. Se presentó a si mismo como señor Feldman. En su mano derecha, cogida por un asa de cuero negro, traía una caja de madera envejecida, no demasiado grande, y no demasiado pesada en apariencia.

Acordó en dejar la caja  bajo custodia de Éndoxos a cambio de una suma de dinero, que haría efectiva mensualmente durante los próximos años. Para su extrañeza, Feldman no fijó una fecha límite en la que recuperar la caja. De lo cual  Éxodos infirió que se convertía, de facto, en el albacea de Feldman.

El ojo de Bohpal

Mi abuelo me contó esta historia cuando yo era tan joven como vosotros. Mucha gente asegura que es una leyenda, un cuento para niños. En mi opinión, hay algo de verdad en ella, pero debéis ser vosotros quienes juzguéis.

Antes de la era volcánica, cuando  todavía el tiempo no existía, un gran ojo  vigilaba a los hombres desde el cielo. No descansaba ni de día ni de noche. Nada escapaba de su mirada. Algunos pobres diablos contravenían la Ley, escondidos en profundas cuevas. De nada les servía. El ojo sabía de sus actos, y Bohpal era informado. No había esperanza para los que quebrantaban la Ley. Todos eran torturados durante días hasta que su cuerpo moría. Pero Bohpal tenía otros planes para sus almas. Era un voraz  comensal del espíritu humano.

Las almas le rejuvenecían. Nadie conocía su edad, algunos decían que había existido desde siempre, incluso que había creado el mundo. Pero fuera el creador del mundo o no, muchos hombres no podían soportar más aquella miserable vida, y decidieron enfrentarse a él.

Nadie los ve

23/11/2014

Los monstruos torturaron mi cuerpo y mi alma. Me convirtieron en despojos y mugre. Aquello que fui, es solo un vago recuerdo que pronto será olvidado.

No todo el mundo puede verlos, siquiera imaginarlos.  Surgieron de los lodos primordiales con los que fue creado nuestro planeta. Han vivido entre nosotros, sobreviviendo a los cataclismos, glaciaciones, hambrunas y enfermedades. Su naturaleza les protegió de caer en el olvido, que el tiempo construye a su paso. Sus almas corruptas han propagado la muerte, inmisericordemente, con astucia y simplicidad.

Y aunque nadie creyó en ellos jamás,  siempre estuvieron presentes, acechando tus sueños, dispuestos a corromper tu cuerpo, a devorar con extremo placer cada gramo de tu carne y de tus huesos.

Sueños de amor

20/11/2014

- Amor mío, no sabes por cuanto tiempo soñé con ver tu cuerpo desnudo. Cuantas veces soñé con recorrerlo, con morderte los labios, con comerte trocito a trocito, con saborear tu piel de fresa.

- Deja ese cuchillo, ¡por favor!





1º Concurso "Microlove" - Círculo de escritores

Phi y el artesano anancástico


Fidias dio dos últimas puntadas cuidadosamente y corto el hilo de nailon. Deposito las tijeras junto con la aguja en una bandeja metálica que tenía a su derecha. Entonces respiró aliviado. "Excelente", se dijo a si mismo.  Había sido un trabajo difícil, aunque probablemente uno de los mejores que había ejecutado. Se alejó unos pasos para contemplarlo con mayor perspectiva. Se sonrió, "un trabajo exquisito", volvió a felicitarse. Salió de la cámara frigorífica y la cerró con llave.

Aquella noche saldría a celebrarlo. Entró en el Nine inch nails, el pub de moda en Blouton Dale.  Pidió una cerveza y  apoyó su espalda contra la barra mientras la saboreaba. Disfrutaba satisfecho del trabajo que había realizado aquella tarde. No obstante, ya pensaba en la siguiente pieza, la última de todas.  Estaba tan cerca de culminar su gran obra, la obra de toda una vida. Era el artífice de algo que trascendería el arte o las matemáticas. Su creación vincularía la mágica, los conocimientos ancestrales, la belleza, el álgebra y la alquimia. Sería recordado hasta el fin de los tiempos. No como un hombre, sino como un héroe, como un dios incluso. Una sonrisa de placer apareció en su rostro embelesado por sus propios pensamientos.

Confesión

14/11/2014

Volvió a sentirse un nuevo temblor. Más fuerte, más aterrador si cabe. Las luces de las velas titubeaban, avivando los miedos de  los feligreses. 
Hoy el templo estaba abarrotado. Tomás, el párroco, se lamentaba de que los seísmos hubieran cumplido en una semana, lo que él no había sido capaz en diez años de sacerdocio. Sin embargo, la iglesia rebosaba de gente, "eso es lo que importa", pensó para si mismo. Dios le enviaba los terremotos para ayudarle en su tarea. Ahora el debía de estar a la altura. Se dedicaría en cuerpo y alma a extender la palabra de Jesús.

Mientras tanto, las puertas no dejaban de abrir y cerrarse. Todavía seguían llegando personas, muchas de ellas a medio vestir, la mayoría con rostro desencajado y todas buscando la protección del templo de Dios. Buscaban algún rincón donde sentarse y descansar. Pero el tiempo, que se dilata en situaciones como esta, les terminaba empujando hacia su mundo interior. Pronto se veían repasando sus actos, los que les llenaban de orgullo y también los que les avergonzaban. Y así muchos comenzaban a rezar, a confesarse ante un altar, un retablo o el reverso de un calendario que portaban en su cartera.

Despertar reptiliano

Era el tercer lagarto, como les llamaba casi todo el mundo, que se dejaba ver aquella soleada mañana de primavera. Dada la temprana hora del día, todavía no habían recuperado completamente sus facultades. De todos modos, aquello era completamente anómalo. Solían permanecer ocultos hasta el medio día, desperezando sus escamosos cuerpos, ocultos en sus nidos. En realidad, lo que conocíamos como nidos, eran simples agujeros escavados con poco esmero en tierra húmeda.Al alba podían verse montículos, que se extendía durante varios kilómetros, esparcidos sin orden, por los márgenes de ríos y lagos. Allí esperaban a que el sol calentara sus cuerpos. Entonces su voluntad volvería a ser la ley en las desvalidas tierras de Blotseyburg.

Las puertas de Hsamnal

08/11/2014

Sintió el ardiente tacto de una mano apoyada sobre su hombro. Un desasosiego le recorrió el cuerpo. Aquel hombre corpulento, vestido con una sotana negra, rompió el  aterrador silencio. "No tengas miedo". Era la voz del mismo demonio. Desacompasada y extrañamente cautivadora. A pesar de su inquietud, deseaba permanecer junto a aquel hombre. Ejercía un influjo nocivo, hiriente pero reconfortante a un mismo tiempo.

Casi había olvidado que le había traído allí. Las enigmáticas puertas de Hsamanal habían sido por fin encontradas. Envueltas por las nubes del Destino, sellaban el paso al mundo de espíritus, hadas y demonios. Tras ella se escondían los arcanos de lo sobrenatural, los secretos de la astrología, la necromancia y la alquimia.

Génesis

05/11/2014

- Abuelo, ¿tu sabes de dónde vienen las todas las cosas? - dijo mientras contemplaba el cielo.

- Bueno Elya, es una pregunta difícil. Nadie puede estar seguro del todo, pero a mi me gusta creer en una vieja leyenda de nuestro pueblo. 

- ¡Cuéntamela abuelo! por favor, por favor - le interrumpió impaciente la niña. 

- Está bien, está bien. Verás, esta historia sucedió hace mucho, mucho tiempo. En aquel momento solo existía un lugar en el universo. Y en ese lugar, vivía en soledad Génesis, la diosa de la madre naturaleza. Era similar a los árboles que puedes ver ahora. Tenía ramas que se elevaban hasta tocar el cielo. Un tronco grueso y nudoso que la mantenía firme en el suelo. Y también una frondosa copa de hojas verdes como las esmeraldas, que de noche brillaban, reflejando la luz de  la luna.

Traspasando los sueños

30/10/2014

Sentí su tacto en la oscuridad. Era frío e hiriente. Su respiración me golpeaba el rostro. Me obligó a ladear la cabeza para poder soportar el olor. 

Aquel monstruo había traspasado mis sueños. Quise volver a dormirme para escapar de esta pesadilla. Sería mi último sueño. Pero sería un sueño apacible, porque ahora, Él habitaba en el mundo real. Al fin todo terminaría.

Me armé de valor y encendí la luz de la mesilla para mirarle cara a cara antes de morir. Comencé a reír como un loco. Mi perro estaba ansioso por salir a pasear.


1º Concurso "Microterror" - Círculo de escritores

La palabra maldita

Era una palabra maldita, pero yo la pronuncié. Kloptey se apoderó de mi vida. Me convirtió en uno de sus siervos. Cometí las más horribles atrocidades en su nombre. Atormenté a inocentes para posteriormente ofrecerlos como hecatombes a mi Señor. 

Disfruté de la impunidad de mis actos, al amparo de la divinidad de las Tinieblas. De la liberación y del gozo de mi propia maldad. Todo gracias a mi Señor. 

Mas tanto los que me odiáis, como los que me compadecéis, sabed que mi final y mi dicha están próximos. Pues esta noche, tendré el honor de alimentar a  Kloptey.


1º Concurso "Microterror" - Círculo de escritores

El proyecto Marley

- Como le decía, el experimento Marley ha dado resultados positivos, señor. De todas formas todavía está en fase de desarrollo. No hemos conseguido eliminar ciertos efectos secundarios. - El coronel Dawson intentaba contentar al General Hamond sin concederle demasiadas esperanzas. - Estamos todavía en una fase temprana de investigación, supongo que se hará cargo de la situación.

- ¿A veinte millones de dolares le llama usted una fase temprana? La paciencia se ha agotado en el Pentágono, coronel Dawson. Nos exigen resultados inmediatos, en caso contrario, suspenderán el proyecto. ¿No querrá cargarse el proyecto, y de paso su carrera? ¿verdad coronel? - dijo agriamente Hamond. - Los peces gordos asistirán a una demostración mañana a las dieciocho horas. Este preparado. Puede irse. - Dio media vuelta a su sillón para mirar por la ventana. Mientras tanto, Dawson abandonaba el despacho con extremo sigilo. 

Duelo en el Arizona Saloon


Clic, clic, clic. clic. El golpear de las espuelas de Jason Blake se detuvo frente al Arizona Saloon. Aquel día había tomado un buen baño al levantarse, y se vistió con la ropa de los domingos, a pesar de ser martes. Limpió sus botas y se colocó su Colt 45 en el cinturón.

George Watch era como muchos hombres de aquella región, un borracho y un mal jugador de pocker. Sin embargo, hasta a un inepto como él, podía sonreirle la suerte de vez en cuando. Jason Blake había perdido mucho dinero aquella noche. Más dinero del que podría reunir en toda su vida. Decidió saldar su deuda aquel martes, antes de la puesta de sol. Conocía bien las costumbres de George. A estas alturas debía de estar ya como una cuba. Fanfarroneando de como había limpiado los bolsillos del gran Jason Blake. Estaría acompañado de sus tres hermanos. Eran tan estúpidos como él, pero no dejarían que su hermano se enfrentase solo al gran Blake.

Desesperanza

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Aquel hombre registraba con ansiedad entre sus cosas. 
Parecía un vagabundo y apestaba a alcohol. Su mirada vidriosa y enajenada era perturbadora.

-¡¿Dónde están las joyas zorra?! - antes de terminar la pregunta, ella ya había sentido la bofetada en su rostro.

-¡¿Por qué no te mueres?! - gritó llena de odio.

-Ya le concedí ese deseo a otra persona - respondió esbozando una sonrisa.

El libro de Olaus Magnus


Bjarne abandonó el paritorio a toda prisa. Corrió escaleras arriba hasta el desván. Había perdido el aliento, una presión le oprimía el pecho de tal forma que no ya podía respirar. Al entrar en la habitación se arrodillo, apoyó las manos en el suelo y comenzó a hablar entre jadeos. Sus palabras eran ininteligibles, parecía recitar algún salmo o sortilegio sagrado. 
Cuando se sintió con fuerzas, se acercó al atril donde estaba el libro de Olaus Magnus. Lo encontró cerrado. Envuelto por una gruesa capa de polvo. La portada estaba ilustrada con un magnífico lobo negro. Tenía las fauces abiertas y su mirada se proyectaba más allá del dibujo, amedrentando a quien ponía su vista sobre él. Bjarne dudó todavía unos segundos antes de abrir el libro. Le atemorizaba la posibilidad de estar en lo cierto. Inspiró profundamente y eligió una página al azar. 

Fue recorriendo todas las hojas con premura. Su mirada zigzagueaba a lo largo de las páginas buscando aquel párrafo. Ya estaba a punto de sumirse en la desesperación cuando, por fin, encontró el turbador pasaje, que había leído alguna vez hacía ya tantos años. Volvió a hacerlo, pausadamente, preocupándose por entender cada palabra "Y cuando una mujer dé a luz seis niñas y nazca un séptimo varón, este será un licántropo".

La ciudad de las langostas: Capítulo II

Las primeras casas estaban bastante desperdigadas. Se esparcían rodeadas de grandes jardines, cubiertos en su mayoría por maleza. En la acera derecha, junto a la carretera, destacaba uno entre los demás. La tierra desnuda, de color rojizo, le daba un cierto aire marciano. No había ni una sola brizna de hierba en la parcela. Resultaba inquietante en cierto modo, incluso el abandono de los otros jardines, me parecía reconfortante en contraste con este.

El engendro mecánico

Desde pequeño me sentí diferente a todos los demás. Sin duda, residir en una incubadora los primeros veintidós meses de mi vida, reforzó ese sentimiento de soledad en un mundo repleto de gente. En el colegio fui apartado por mis compañeros casi siempre, aún hoy creo que no sabían muy bien porque, pero  percibían mi singularidad más allá del limitado entendimiento de un niño.

Cuando llegué a la adolescencia las cosas tampoco mejoraron. Las crueles burlas me torturaban a diario, en un día afortunado no pasaban de hirientes insultos. Las peores jornadas las terminaba en urgencias, a media tarde, jugando a las cartas con Roberto, mi tutor. 

Ese fue el único lugar en el que me sentí cómodo durante toda mi vida. En urgencias era alguien especial. Conocía al personal médico y me trataban con verdadero respeto, incluso me tenían cierta estima. Aunque en el fondo siempre supe que yo era para ellos un pequeño regalo caído del cielo. Un caso excepcional como el mío era tratado a menudo por personal sanitario de un ambulatorio cualquiera.
Nunca intenté averiguarlo, pero quizás eso les diera cierta fama o reconocimiento dentro del universo sanitario. Yo prefería seguir ignorante. Destruir mi único refugio en la Tierra no hubiera sido una decisión inteligente por mi parte.

La caza

- ¡Nos han descubierto! - el grito de Mayze sonó desesperado. 

- Tranquilo, explícame que pasa ¿Cómo nos han podido encontrar? - le respondió Gregory con la voz más calmada que le fue posible entonar. Mayze era nuevo en esto, y debía transmitirle la impresión de que lo tenía todo bajo control. Sería trágico que él entrara en pánico.

- He visto acercarse por el este una columna de soldados del barón Von Stenberg. Diría que son alrededor de dos cientos. Creo que Fritz nos ha delatado, nadie más conocía nuestro paradero ¡Ese malnacido! ¿Qué vamos a hacer ahora? - Mayze era un manojo de nervios, quizá Gregory se hubiera equivocado al reclutarlo. Pero fue tan insistente... parecía que tenía lo necesario para llevar esta vida. Ahora estaba seguro de que se había equivocado.

La ciudad de las langostas: Capítulo I

Esta historia no habla sobre odio, miedo o traición. Habla de instintos. De sed y de hambre. De redención y de muerte. Y empieza conmigo, llegando a Cave Weasel, un pequeño pueblo rural atrapado entre el mar y las montañas. Un lugar en el que Dios nunca ha creído y al que nadie ha amado.

Me presenté en el pueblo sin un motivo de peso. Quizás la estupidez sea la razón que explique mejor la mayoría de mis actos, y este no fue una excepción. Habían llegado a mis oídos ciertas historias que hablaban de un pueblo maldito.

Sábanas blancas

Abrí los ojos después de mucho tiempo. No estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido desde mi operación. La habitación estaba en penumbra y aunque nada parecía haber cambiado, tuve una sensación extraña. Era un sentimiento de inseguridad, perturbador, que no se sustentaba en nada, tan solo en mi intuición. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la cama vacía. Debieron darle el alta a mi compañera de habitación durante mi inconsciencia. Me alegré por ella, había sido muy amable, pero no pudo dejar de extrañarme. Su estado no parecía haber mejorado desde que ingresó en el hospital. Harta de esperar y de mirar al techo, dejando pasar las horas, me levanté hambrienta en busca de algo que echarme a la boca. 

El pasillo estaba desierto. Avancé por el corredor con el alma encogida, envuelta por sombras cambiantes que nunca me daban un respiro. Llegué, por fin, a la entrada de la planta de neumología. Estaba cerrada, agarré el pomo con fuerza e intenté girarlo para abrirla. Quedé sorprendida ya que no opuso resistencia. Tiré de la puerta asomándome con cautela a una sala sin ventanas, cuya luz procedía de dos grandes fluorescentes colocados en mitad del altísimo techo, esplendoroso, tan blanco como las paredes, contrastando con las cagadas de moscas que pululaban alrededor. Al fondo, dos camas cubiertas con sábanas blancas, con bordes rematados en azulina y letras blancas, donde podía leerse: Hospital Universitario Nuestra Señora de la Resurrección. Sobre una de ellas, un bulto que no llegaba a concretarse y al que no di importancia entonces.

Kang Admi



Llegué a la ladera sur, del monte Kailash, poco tiempo después de anochecer. La ascensión a plena luz del día, me había mostrado la cara amable de la imponente montaña. El níveo brillo del glaciar guiaba mi marcha, como lo haría un faro con un buque en una noche de tormenta. Con las fuerzas intactas, avanzaba a buen ritmo en mi carrera hacia la cima. 

Ahora, la oscuridad de la noche, había convertido la montaña en un mar de rocas negras, algunas de ellas con formas aterradoras para una mente sugestionada por el terror a lo desconocido. Desde que vi aquel monstruo merodeando cerca de la cima no hubo descanso ni para mi cuerpo ni para mi alma. Corrí en pos de mi hogar como Odiseo, entorpecido por los dioses y los elementos. Temiendo quedar atrapado durante años en un viaje sin fin, que iría corroyendo mi espíritu, con la única esperanza de  que mi mundo no se hubiese desmoronado a mi vuelta.

El portal de Tajwak


No muchas personas tuvieron en su vida la desventura de conocer la Verdad, a pesar de que es un daño al que la paradoja humana nos empuja. Sin embargo, yo, y digo esto con gran pesar de mi alma, he sido conocedor del más profundo y aterrador secreto del universo. No soy capaz de aseverar, si el camino recorrido fue largo o si en cambio consistió en unos pocos pasos. Es más, se produjo de forma involuntaria e inconsciente, y sobre todo imprevista. No hubo indicios de mi aproximación, sobrevino de forma abrupta y definitivamente catastrófica. 

Aquel día mi vehículo se averió y tuve que salir en busca de ayuda en aquellos incivilizados parajes. Anduve por un bosque durante varias horas, desorientado por el homogéneo paisaje. Grandes árboles de nombres desconocidos, se apretujaban formando un muro gris de superficie irregular surcada por finos canales de tonos más oscuros. A mayor altitud, una miríada de hojas de aspecto sombrío y amenazante pululaban similares a mariposas que cortaban el paso a los rayos del sol.

Nube negra

La oscuridad se cernía sobre mi. Su textura era como de algodón  regado con dulce caramelo, sin embargo, olía a humedad rancia. Su opacidad me envolvía, apenas si me atrevía a mirarla. La primera vez que apareció, creí ver unos pequeños ojos, que brillaban con el fulgor de un sol entre tanta negrura.
Pero como iba a ser aquello verdad. ¿Dónde se había visto una nube así? Solamente en los cuentos. Pero yo ya no podía creer en los cuentos, yo ya no era una niña, me repetía a mi misma para ahuyentar estos pensamientos.

No obstante, allí estaba aquella nube inmensa, que parecía querer acunarme o despedazarme, según se le antojase en cada  momento. ¿Por qué nadie más era capaz de verla? Aquello me atemorizaba más que la propia nube. ¿Estaba volviéndome loca? Mis padres siempre me dijeron que dejara de imaginar. Que inventarme historias no era buen camino en la vida. Pero, si mi vida había sido siempre imaginar, ¿qué sería de mi ahora?

El ocaso

Me desperecé por la mañana para disfrutar de la suave brisa del fin del mundo. Hoy había sido elegido como el del fin de los tiempos. Aunque en realidad, el fin había llegado mucho antes. 

Un día apareció el presidente en televisión. Más bien, fueron todos ellos, todos los presidentes. En cada país el propio, con rostro compungido la mayoría. Intentaron infundir valor en las personas, solicitarles un último esfuerzo. Trabajando con ahínco habría una posibilidad.

Las personas deseaban creer. Pero no los viejos, muchos de ellos se desentendieron. Lo habían visto ya todo, menos el fin del mundo. Sería una muerte a lo grande, un gran ultimo acto para una vida ordinaria.

Pueblo maldito


-Tome asiento señor. Disculpe, no conozco su nombre. Usted no es de por aquí, ¿verdad? - el inspector Wolver hizo un ademán invitándole a sentarse mientras decía estas palabras.
-Sí, en efecto, me mudé a Blouton Hill hace cosa de medio año. - El forastero parecía muy nervioso, no mantenía la mirada fija en ninguna parte, escudriñaba cada estantería, cada objeto del despacho. 
-Y bien, ¿en qué puedo ayudarle? Señor - Wolver remarcó la última palabra, pues seguía sin conocer el nombre de su interlocutor. Realmente aquel hombre le resultaba molesto. 
-Bueno, usted quizá no lo haya notado - titubeada al pronunciar cada palabra, aunque se obligaba a continuar su discurso- sé que suena descabellado, pero me atrevería a asegurar que el pueblo esta maldito.

Mi obra


El color púrpura impregnaba la tierra bajo mis pies. El vital fluido se filtraba a través de las  grietas aradas con el cuchillo, que con tanta habilidad me jactaba de manejar. Me alejé unos pasos, andando de espaldas, para contemplar "mi obra" en su totalidad. Quise hacerlo desde la perspectiva de un extraño, no de su autor. Sabía que era difícil abstraerse, pero quería que el impacto causado en el público fuera colosal. No cabía la autocomplacencia en este momento. Este era el culmen a todo mi aprendizaje. Hoy me daría a conocer al mundo. Ellos debían conocer al sumo sacerdote del mal.

Me detuve al llegar a lo alto de un pequeño montículo, habría caminado un centenar de pasos. Siempre con la vista puesta en "mi obra". Me tenía cautivado, notaba su influjo penetrando mi alma, apoderándose de ella. Era una sensación embriagadora, cada vez más cercana al éxtasis.

Ventana a la oscuridad


Aquel gigantesco globo ocular volvió a asomar por el ojo de buey. En estado de seminconsciencia lo había visto ya un par de veces. Sin embargo, mi aturdido cerebro no había procesado la información. Ahora, ya despabilado, un terror ácido recorrió mi cuerpo. Intenté mantener la calma para no mover ni un solo músculo y contuve la respiración. Me creía más seguro si seguían pensando que permanecía inconsciente. En realidad, sabía que mi protección era tanta como la que ofrece una sábana a un niño en una noche de tormenta. No obstante, esperé hasta que el ojo desapareció.

Un juego macabro


- Quizá la simplicidad de los acontecimientos le haya confundido, señor Araújo. Aunque porque negarlo, estoy disfrutando con la confusión. No todos los días tiene uno la oportunidad de saborear una sensación de omnipotencia, sobre todo en mi caso, se hace cargo ¿verdad?
Sin embargo, ahora creo que ya es consciente de las consecuencias que acarreará su negativa a obedécerme. 
Muy bien, prosigamos con el juego, y esta vez le ruego que deje de interrumpirme. Mmmm veamos, todavía nos quedan ocho dedos. intentemos pues un desempate, ¿le parece?

Soliloquio de un demente


Resulta tan difícil describir con palabras la felicidad o, el sabor amargo, como al mismo infierno. Aunque ahora, ya no necesito que nadie me lo describa. Formo parte de él. Porque el infierno, no es un lugar de paso. Te atrapa desde el primer instante, y va incluyéndote en su ser. Pasas a formar parte de sus entrañas. Te alimenta con miedo y desesperación, hasta que, finalmente, ya no quieres abandonarlo. Tan solo deseas que todo termine. Te aferras a esa pueril esperanza. Y entonces, decides enfrentarte a él. Que vanidosos somos a veces, un insignificante ser humano contra toda la fuerza del mal.

Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, conozco la verdad. Aunque la intente ocultar bajo gruesas capas de esperanza. Pero, por ese mismo motivo, no tengo nada que perder. Me enfrentaré a él, al menos, me dará esa satisfacción. Poco bagaje para tanto sufrimiento. Pero, ¿acaso el infierno no consiste en eso?

El árbol de la sabiduría

Quedé cautivado por la belleza de aquel árbol. Era otoño y sus hojas se desprendían, realizando un delicado baile hasta alcanzar el suelo. Sus ramas, aun medio despobladas, eran muy hermosas. Se entrecruzaban de maneras poco comunes, formando increíbles figuras. Uno podría tumbarse en la hierba y jugar a adivinar formas, como haría con las nubes.

Pero este, no solo era un árbol majestuoso. Mi búsqueda había finalizado, me encontraba ante el depositario de todo el conocimiento universal. Este era, sin duda, el Árbol de la Sabiduría, que tanto tiempo había empleado en encontrar.

Acerqué mi mano a su tronco. Inmediatamente noté una especie de descarga eléctrica emanando  de su nudoso cuerpo e introduciéndose en mi a través de los dedos. Era una sensación placentera, como un débil hormigueo que acariciaba todo mi ser. Aquellos impulsos eléctricos me recorrían completamente, pero indefectiblemente su viaje no terminaba hasta alcanzar mi cerebro.

La cena esta servida

Vi una gran hilera de hormigas avanzando pegada a la pared de la casa. Eran unas hormigas enormes. Había tal densidad de hormigas que casi podía sentir la gravedad que generaban. Seguí la columna con la mirada hasta que torcía la esquina. La curiosidad quiso que averiguase a donde se dirigía aquella multitud, sin duda, debía ser algo importante. Caminé unos cinco minutos y terminé por alcanzar a los líderes de la marcha. Fue entonces cuando comprendí. Las hormigas me seguían a mi.

Luna escarlata


La luna vino a visitarla sola aquella noche. Estaba colérica. Su rostro enrojecido, había perturbado su sólita belleza. Ya no era la dulce amiga que llamaba a su ventana con dedos de plata. Marga había comprendido, más pronto que tarde, que la luna estaba allí para cobrar sus favores.

Sin tiempo para calzarse, descendió furtivamente por la ventana. Se asió al canalón que bajaba desde el tejado con no poca gracia, alcanzando el suelo sin lastimarse. La luna la obligó entonces a andar,  a adentrarse en el bosque de Silver Swamp. Nadie entraba jamás allí de noche. Cientos de historias circulaban sobre la maldad que habitaba entre esos árboles. Las historias hablaban de gente que había sido devorada por el bosque. Al otro extremo, Blouton Dale parecía el sitio más lejano del planeta.

Fin de emisión

Miré el reloj con la mirada todavía turbia después de despertar. Encendí la radio para que acompañara mi insomnio el resto de la noche. No había sintonizada ninguna emisora, así que recorrí todo el dial hasta encontrar una voz.

-Buenas noches Fernando, es usted nuestro último oyente por esta noche.

Me sobresalté al oír mi nombre en la radio.  "¿Acaso se estaba dirigiendo a mí?" Que tontería pensé inmediatamente, seguro que miles de personas están escuchando ahora el programa.

-No intente huir - continuo diciendo la voz - tan solo postergará lo inevitable. Siéntase afortunado por haber sido elegido por El Maestro.

Esta vez no cabía duda, sabía que la voz hablaba conmigo. Un escalofrío recorrió mi espalda, me sentí asustado, sentí pánico. No comprendía que estaba sucediendo. Cuando recobré el control, apagué sobrecogido la radio a toda prisa. Demasiado tarde,  unos pasos se acercaban a mis espaldas.

Ladrón de guante blanco

Había sido más importante disfrutar de su éxito que de su vida. No obstante, el hombre sin rostro, convertido ahora en cadáver, apoyaba su espalda contra aquel edificio. Sin embargo, cuando se acercaron a él, todos le reconocieron.


2º Concurso "Microrrelatos: Tierra de musas" - Círculo de escritores

El camino de la muerte


La rutina, había trazado aquel camino, despoblándolo de hierba. Atila, lo transitaba desde hacia ya tanto tiempo, que se había convertido en un hábito insalubre. Aquel, era el trayecto hacia su particular reino de ultraje e infamia. Un lugar donde ser él mismo, un jardín del Edén, donde poder vivir sin sentir pudor.

Su teatralizada vida,  estaba cobrándose un alto precio. El desconsuelo por el rechazo hacia su naturaleza, invadía poco a poco, una nueva porción de su alma. Sin embargo, esto no siempre había sido así. 

El señor Infante


Miraba impertérrito aquella caja, más bien, debiera tratarse de un pequeño estuche de madera. Es lo que parecía al tacto. La había depositado cerca del borde de la mesa y me había sentado en una de las sillas que la rodeaban. La miraba fijamente, como esperando que en algún momento el paquete se abriera solo. Quizá fuera un comportamiento un tanto pueril, sin embargo, la curiosidad me mantenía absorto.


No sabría decir con seguridad cuanto tiempo había transcurrido desde que el cartero llamara a mi puerta. Con el desinterés que causa el hábito diario, me entrego el paquete, sin percatarse si quiera de que mi nombre no coincidía con el del destinatario. 

Geiderman


- Señor Geiderman, no creo nada de lo que usted me ha contado. Desde que se sentó en esta silla, ha inventado una serie de historias descabelladas, que me inclino a catalogar como mamarrachadas. - Mientras decía esto, parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas.
 El señor Geiderman, se acomodó en la silla deslizándose suavemente hacia el borde de esta. Quedó aun unos segundos mirando fijamente a su acuciante interlocutor antes de hablar. - Mire usted señor... -espero unos segundos, pero su interlocutor no terminó la frase que había dejado en el aire. - Lleva tres largas horas preguntándome sobre no sé que demonios de un hombre desaparecido. Y creo que usted, espera que yo le dé respuestas. Pues bien, yo se las he dado, aunque quizá no sean de su agrado. ¿Desea otras respuestas? También puedo dárselas. 

Come


Desperté despabilado por un olor agrio y penetrante. Y por primera vez, fui consciente de aquel susurro. Me encontraba atado a una silla por las muñecas y los tobillos, con tal fuerza, que el dolor resultaba casi insoportable. Levanté la mirada y al otro extremo de la gran mesa, vi a aquella mujer. Su aspecto era miserable, casi demoníaco. Lucía un elegante vestido, que el tiempo había convertido en harapos. Su pelo estaba sucio y raído. Su expresión facial no era más que una simple mueca, que reflejaba la locura de su interior. Su frágil salud mental, había sido infectada por la soledad y la incomprensión, convirtiéndola, en la sombra de la mujer que una vez había sido. A pesar de ello, pude reconocerla.

La espera

Me senté a esperarle con mi escopeta de caza recostada sobre el hombro derecho. Elegí un lugar soleado y una vieja mecedora de madera para que la espera me fuera más llevadera. No sabía cuánto tiempo podría tardar. Maldije por no haber preparado nada para comer. Malhumorado, alcancé el teléfono con la mano izquierda y marqué mecánicamente el número de la tienda de comida para llevar. Pedí una pizza medina, para variar. Seguramente, en cuanto ven el número de mi casa, automáticamente anotan el pedido sin esperar a atender la llamada.

Monstruo

Debido a mi dificultad para el habla, a mi cojera ostensible y a mi sordera, he sido tratado, desde mi infancia, con condescendencia. Las miradas de soslayo, el aislamiento y porque no, la vergüenza, han sido el menú del que se ha alimentado mi personalidad.

A pesar de esto, y no con cierta satisfacción, no puedo ocultarlo. Desde que el monstruo apareció, soy el ser más feliz de este recóndito pueblo. El miedo se ha adueñado de las noches. La gente, apenas si se atreve a asomar la cabeza a través de la puerta. Pero lo que no saben, es que sus miradas de terror y su preocupación, son el cebo que atrae al monstruo. Y yo no lo tengo.

Se extrañan de que yo permanezca impasible, o de que duerma con las ventanas abiertas. Pero ¿qué he de temer yo de la muerte?, si la vida que en suerte me ha correspondido, por muchos hubiera sido ya rechazada.

Otra realidad


Como la mayoría de ustedes ya saben, aunque muchos, se nieguen a admitirlo, existen otras dimensiones o realidades que, evidentemente, la mayoría de nosotros somos incapaces de percibir. Sin embargo, muchos son los testimonios de personas que han visto esos otros universos, o al menos, han visto seres que desde el otro lado, consiguieron cruzar a este.

Ustedes les conocerán con el nombre de fantasmas, demonios, e incluso, dependiendo de su apariencia, como gnomos o hadas. En definitiva, son muchos los tipos habitantes que nos han visitado, y la falta de cohesión, ha desvirtuado los testimonios de los afortunados testigos de estos encuentros.